El amor en tiempos de cuarentena Capítulo 3

Por fin ha llegado un nuevo año. Una nueva hoja en blanco imaginaria sobre la que empezar a escribir. Aitor tiene bastante claro que el 2020 va a ser el año de su metamorfosis. ¡Pobre Aitor! No sabe la que le espera todavía.  Lo cierto es que después de todo, esta decisión realmente va marcar un antes y un después en su vida. Hoy, ocho de enero de 2020, Aitor ha decidido mudarse al piso de Madrid. Necesita aires nuevos y no hay nada mejor que cambiar de ciudad para conseguirlo. ¿La casa de San Sebastián? Manuela, que lleva toda la vida con la familia cuidará de ella. Si es que, desde que sus padres murieron en aquel accidente de tráfico ya no está a gusto en esa casa. Todo le recuerda a ellos y la herida es demasiado reciente. Por eso, necesita irse lejos y volver a conectar consigo mismo para sanarla.

Para iniciar su aventura, solo necesita las llaves del piso, una maleta de cabina con la ropa básica y su guitarra. Sabe que el piso está equipado con todas las comodidades. Volviendo a la guitarra…desde que tiene uso de razón ha estado pegado a una. Siempre ha querido ser músico pero, ya se sabe, que si unos le decían que la música en este país tiene muy poca salida, que necesitas un padrino, que mejor estudia algo que te de un trabajo de verdad… bla bla bla ¡Bobadas! Pero bobadas a las que él le hizo caso. Dejó el conservatorio y se centró en sacar buenas notas para estudiar una carrera de esas que llama “con salida”. Así que, siguiendo los patrones sociales, se matriculó en Ingeniería Industrial y, la verdad, le fue bastante bien. Acabó la carrera con alguna que otra matrícula de honor y a los tres meses de terminar el máster ya tenía trabajo en  el Departamento de Calidad de una importante empresa de su ciudad. Hasta que la vida le dio una sacudida con la muerte de sus padres y decidió dejar todo atrás y empezar de nuevo. Y aquí está, en la puerta de embarque de un avión con destino a la T4 de Barajas.

Tras poco más de una hora de vuelo, ha llegado a tierras madrileñas. Se sube a un taxi para dirigirse al que, a partir de ahora va a ser su nuevo hogar. El piso está ubicado en el barrio de Las Cortes, en pleno corazón de la capital. Es un tercero, en uno de esos edificios típicos de fachadas blancas con balcones simétricos y ventanales enormes. Los techos son altos, el suelo es de madera y el olor del portal te traslada a los inicios del siglo XX, cuando fue construido. ¿Vecinos? solo hay dos viviendas por planta y, que Aitor sepa, la mayoría de domicilios del edificio son segunda residencia (como en su caso) o se alquilan a modo vacacional a través de esas plataformas que están tan de moda. Es lo que tiene estar ubicado en un barrio del centro.

Cuando abre la basta puerta, las bisagras emiten un chirrido agudo. Ya puede ver el espejo del recibidor y al fondo del pasillo, se intuye el mobiliario que completa el salón. Son las tres menos cuarto de la tarde y todavía no ha comido nada. Así que ha decidido bajar a un supermercado que hay unos metros más abajo de su calle a comprar algo para comer y unos cuantos productos de limpieza para, después de comer, darle un lavado de cara al piso.

“Pues aquí estoy, bienvenido a mi nueva vida” piensa mientras está tendido en el sofá. Ya ha comido, ha fregado y barrido el suelo de toda la casa, limpiado los baños, hecho la cama del cuarto en el que va a dormir y, además, ha pasado un plumero por todos los muebles. Algo es algo. Lo cierto es que con todo lo que ha hecho, la tarde se le ha pasado bastante rápido y ya son más de las siete. A punto de quedarse dormido, da un respingo y se dirige a por la guitarra. No ha terminado de colocarse cuando, de repente, escucha unas carcajadas que, claramente, vienen del piso de al lado. Parecen dos chicas que se ríen enérgicamente. Sin darle más importancia, empieza a tocar.

En sus acordes, suena Another Brick In The Wall de Pink Floyd, es una de sus canciones favoritas. La melodía consigue transportarlo a esas tardes en las que su padre iba a recogerlo al conservatorio y le preguntaba que como le había ido el día. Esas tardes que se transformaban en noches con sabor a sopa de verduras hecha por su madre. A sus lamentos porque, joder, otra vez sopa y los consiguientes “Aitor, o te la comes o te vas a la cama sin cenar, tú eliges” de su santa madre. ¡Qué momentos tan insignificantes y valiosos a la vez! Una lágrima se desliza por las mejillas de Aitor y cae en el suelo. Ya no suena la guitarra, ahora solo se escuchan recuerdos.

Capítulo 1

Capítulo 2

 

 

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