Impacto

Ha amanecido lluvioso el segundo domingo de septiembre. Te han llamado del chiringuito donde habías reservado mesa para despedirte de la isla debido a la tormenta, solo tienen terraza y no van a abrir. Para ti esta comida significa mucho más que una despedida: es el cierre de un ciclo, un punto de inflexión que marca un rumbo nuevo. Llamas a otro restaurante y, en menos de dos minutos, tienes mesa reservada. Mesa para 13, como Jesucristo con sus 12 apóstoles. Tienes ganas y, mientras terminas de anudarte el cinturón, una sensación extraña recorre tu cuerpo.

“Vaya mierda, justamente hoy tenía que llover” te dices a ti misma. El reloj marca la una menos veinte, terminas de perfilar tus labios color carmín y te perfumas con esa fragancia que solo utilizas en los días especiales. Fragancias… Qué te voy a contar yo a ti de fragancias. Tu marido te espera, va a acercarte él a la reunión porque sabes que algo de alcohol vas a ingerir y por tu seguridad no vas a conducir. Ironías del destino; bajas las escaleras y una vez en el portal el petricor te azota en las fosas nasales “Cómo me gusta el olor a tierra mojada”, piensas. Cruzáis corriendo la calle, de la mano, para intentar mojaros lo menos posible. Reto conseguido, os subís en el coche y emprendéis el rumbo al restaurante. Es un lugar especializado en las pizzas por metro. Estáis atravesado el pueblo por una calle preferente, un poco estrecha. Habláis emocionados de las ganas que tenéis de coger el barco, de decorar el piso, de empezar en un lugar nuevo. La emoción se refleja en vuestras pupilas, “¡No, no, no! ¡Mierda!” Tu marido clava el freno y ¡Pum! Otro coche os arrastra en menos de un segundo.

Un segundo que te cambia la vida, te retuerce los planes, que anula las despedidas y un segundo que te duele. Te duele el cuello y el estómago de la ansiedad. No paras de llorar y, joder, a la mierda los planes, a la mierda la ilusión y a la mierda la sonrisa. “La vida nos golpea”, piensas. Pero no, la vida no te golpea, simplemente has pasado por el lugar incorrecto en el momento equivocado.

Es demasiado pronto para hacer balance, mañana lo verás todo más claro, más neutro y menos pesado. Mañana será otro día, un nuevo día para superar el bache y comenzar a recuperar la ilusión. Un accidente no va a cambiar tu rumbo, un accidente no va a borrarte la sonrisa: simplemente te hará más fuerte, más experimentada y más resolutiva.

A la mierda el coche, a la mierda el dolor y a la mierda el accidente, lo tienes a él, mirándote a los ojos mientras te abraza. Podrás seguir despertando cada día a su lado, podrás seguir acariciando su espalda y contando sus lunares. Y, seguir haciendo eso, es el mayor regalo que puede hacerte la vida.

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